Las del domingo fueron las elecciones más evidentes que haya podido tener Colombia. Los resultados de la primera vuelta vaticinaban lo que sería la segunda, claro, en una proporción mayor gracias al respaldo de cambio radical y los partidos liberal y conservador. Muchos dirían que no se necesitaba una segunda elección, pero como la Constitución dicta que es ganador quien obtenga la mitad más uno de los votos, fue necesaria la repetición del proceso.
En esta contienda, tal como se esperaba, Juan Manuel Santos es el nuevo presidente de los colombianos. Como era apenas lógico hizo un llamado a la unidad nacional pasando la página de odios y rencores que caracterizó a la contienda electoral. Invitó a Mockus a hacerse partícipe de un gobierno que parece ser, dará cabida a todos. El profesor dijo que optaba por la observación y deliberación.
De entrada Santos tendrá que consolidar la participación de los partidos en las decisiones de estado. Esto para muchos podría significar cuotas burocráticas. Cuotas a las que están acostumbrados congresistas y lagarticos que ya saltan de aquí para allá mucho antes del 7 de agosto.
Sumémosle los 3 millones de empleo que prometió, la reforma a la salud, sacar avante los TLC, respetar las cortes, aclarar los casos de las chuzadas, rendir informe sobre los soldados víctimas de los falsos positivos, saber llevar a Chavez, Correa y Ortega, abrir nuevos mercados y acabar con las FARC tal como lo vino diciendo su “President “
Y mientras eso sucede, Álvaro Uribe pasará al impopular grupo de ex presidentes que más que lograr acuerdos y quedarse callados, no hacen sino disfrutar de su pensión, regar matas, hacer libros, viajar por el mundo, tomar el papel de intocables, montar caballos o lagartear embajadas. Ojalá no caiga en depresión. Ojalá



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